La israelí Nurit Peled denuncia en Europa la violencia contra las mujeres palestinas

Jueves 24 de marzo de 2005.

Estrasburgo, (CIMAC)

Nurit Peled, Premio Sajarov a la Libertad de Conciencia 2001, planteó ante el Parlamento Europeo, el sufrimiento de las madres palestinas y la violencia de Estado.

Nurit Peled es israelí y su hija, de 14 años murió en 1997 en un atentado cometido por un kamikaze palestino. Fiel a sus principios y en un ejemplo de coherencia política, ella reclama el derecho a la existencia de los dos pueblos.

Esta profesora universitaria de la licenciatura en Literatura Comparada, se ha convertido en símbolo del Israel que exige una solución negociada del conflicto y reivindica de manera inequívoca el derecho a la existencia de los dos pueblos y los dos Estados en pie de igualdad, difunde el protal Mujereshoy.

En el año 2001, recibió el Premio Sajarov a la libertad de conciencia, junto a Izzat Ghazzawi, de Palestina, y Monseñor Zacarías Kamwenho, de Angola. Galardón otorgado por el Parlamento Europeo desde 1988 a personalidades u organizaciones que han marcado con su huella la lucha en favor de los derechos humanos y de la libertad en su propio país.

Invitada el 8 de marzo pasado a hablar ante el Parlamento Europeo, con ocasión del Día Internacional de la Mujer, dijo “cada una de nosotras está aterrorizada por una educación que infecta el espíritu”, y señaló que debieron invitar a una mujer palestina, porque las que más sufren la violencia en mi país son las mujeres palestinas.

Nurit Peled dedicó entonces su discurso a Miriam R’aban y a su marido Kamal ­de Bet Lahiya, en la Franja de Gaza­, cuyos cinco hijos fueron asesinados por soldados israelíes cuando recogían fresas en el campo y nadie será juzgado por ese crimen.

LA VIOLENCIA ES LOCAL

La activista apuntó la violencia no es localizada, en tanto que el racismo y la discriminación pueden ser conceptos teóricos y fenómenos universales, pero su impacto es siempre local y real, apuntó refiriéndose a la humillación, abuso sexual, tortura y muerte “son todos muy locales, lo mismo que las cicatrices”.

Desgraciadamente, es cierto que la violencia local infligida a las mujeres palestinas por parte del gobierno y del ejército israelí se ha extendido a todo el planeta. De hecho, la violencia de Estado y la violencia del ejército, la violencia individual y colectiva, son hoy el sino de las mujeres musulmanas, no sólo en Palestina sino allí donde el mundo occidental ilustrado pone su bota imperialista.

Es una violencia que casi nunca se aborda y que la mayoría de las personas en Europa y Estados Unidos apenas excusan. Ocurre así porque el denominado mundo libre tiene miedo del útero musulmán, apuntó Nurit Peled.

Luego agregó que la grande France de la liberté, l’égalité et la fraternité -la gran Francia de la libertad, la igualdad y la fraternidad- está aterrorizada por unas jóvenes que llevan pañuelo en la cabeza, el Gran Israel judío tiene miedo del útero musulmán que sus ministros califican de amenaza demográfica.

El todopoderoso Estados Unidos y Gran Bretaña contaminan a sus respectivos ciudadanos con un miedo ciego a los musulmanes, que son descritos como viles, primitivos y sedientos de sangre, además de no demócratas, chovinistas, machistas y productores en masa de futuros terroristas.

Y ello, a pesar del hecho de que quienes destruyen hoy el mundo no son musulmanes. Uno de ellos es un cristiano devoto, otro es anglicano y el tercero es un judío no piadoso, apuntó.

Nunca he vivido el sufrimiento que las mujeres palestinas padecen a diario, a cada hora, no conozco el tipo de violencia que hace de la vida de una mujer palestina un constante infierno.

Esta tortura física y mental cotidiana de las mujeres a las que se les priva de los derechos humanos y de sus necesidades fundamentales, de una vida privada y de dignidad; mujeres a cuyas casa se entra con una orden judicial a cualquier hora, a quienes se ordena ­bajo la amenaza de un arma­ desnudarse y quitarse la ropa delante de extraños y ante sus hijos, casas son destruidas, que son privadas de sus medios de existencia y de toda vida familiar normal.

Todo esto no forma parte de mi experiencia personal. Pero soy una víctima de la violencia contra las mujeres en la medida en que la violencia contra la niñez es, de hecho, una violencia contra las mujeres.

TODAS HERMANAS

Las mujeres palestinas, iraquíes, afganas son mis hermanas porque todas nos encontramos atrapadas en el asedio de los mismos criminales sin escrúpulos que se denominan dirigentes del mundo ilustrado libre y que, en nombre de esta libertad y de esta ilustración, nos roban a nuestros hijos.

Además, las madres israelíes, estadounidenses, italianas y británicas han sido, la mayoría de ellas, violentamente cegadas y descerebradas hasta el punto de que ya no se pueden dar cuenta de que sus hermanas, sus únicas aliadas en el mundo, son las madres musulmanas, palestinas, iraquíes o afganas cuyos hijos son asesinados por nuestros hijos o que se hacen explotar en pedazos junto con nuestros hijos e hijas.

Todas ellas están infectadas por los mismos virus engendrados por los políticos. Y todos los virus son iguales, aunque tengan diversos nombres ilustres, como Democracia, Patriotismo, Dios, Patria. Forman parte de ideologías falsas y trucadas cuya intención es enriquecer a los ricos y dar poder a los poderosos.

En su amplio discurso Nurit Peled apuntó que todas las mujeres somos víctimas de la violencia mental, psicológica y cultural que hace de nosotras un solo grupo homogéneo de madres enlutadas o potencialmente enlutadas.

Las madres occidentales a quienes se enseña a creer que sus úteros son una baza nacional, lo mismo que se les enseña a creer que el útero musulmán es una amenaza internacional. Se les educa para que no exclamen.

Yo soy una víctima de la violencia de Estado. Mis derechos naturales y civiles en tanto que madre han sido violados porque temo el día en que mi hijo cumpla 18 años y me sea arrebatado para ser el instrumento del juego de unos criminales como Bush, Blair y su clan de generales sedientos de sangre, sedientos de petróleo, sedientos de tierra.

Sólo quiero pedirles humildemente que sean mis hermanas, expresar mi admiración por su perseverancia y su valor, que sigan teniendo niños y que mantengan una vida llena de dignidad a pesar de las imposibles condiciones en las que las hace vivir mi mundo. Quiero decirles que todas estamos unidas por el mismo dolor. Que todas somos las víctimas de los mismos tipos de violencia.

Nacida en Israel, Nurit perdió a su hija Smadar Peled-Elhanan, entonces de 14 años, un 4 de septiembre de 1987, fue una de las cuatro víctimas de un atentado suicida perpetrado en la parte occidental de Jerusalén por un kamikaze palestino.

Sumergida en el duelo por su hija, Nurit fiel a sus principios, responsabilizó del atentado y de la muerte de su hija no a los palestinos sino a la política del gobierno israelí de Benjamín Netanyahou, “una política miope y ciega que se niega a reconocer los derechos del otro y que fomenta el odio y los conflictos”, señaló entonces.


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