Mujeres en el Mediterráneo: trabajando por el futuro. Conclusiones

Sevilla, 2 y 3 de marzo 2006

 

El mediterráneo, un territorio de contacto, de fricción a veces, un espacio de cultura más que una entidad geográfica, se enfrenta a procesos comunes en sus dos orillas, fruto de los nuevos tiempos de globalización que le toca vivir.

Lo natural, lo tradicional, los valores que han hecho de esta zona un referente son ahora la excepción, pero como señala el Director de la Fundación Tres Culturas, Enrique Ojeda, hay que sacar provecho de este momento de crisis y convertirlo en una nueva oportunidad; para ello, el papel de la mujer se configura como un elemento clave. Su participación en diferentes campos de acción, tales como la política, la economía, el mundo de la cultura y las artes y la sociedad civil son parte de la realidad y un reflejo de que el dominio patriarcal va cediendo, por fin, en el Mediterráneo. Pero no hay que bajar el ritmo, pues la lucha continúa y hay que consolidar las conquistas y no ceder el terreno ganado, especialmente en el ámbito de los derechos fundamentales, que deben convertirse en realidades más allá del papel.

El progreso de los pueblos se hace al paso del progreso de sus mujeres, por lo que en el Mediterráneo, con una población femenina que representa más del 50% del total, se necesitan canales de comunicación para que los logros de unas mujeres sirvan de referente a otras, y así el avance sea completo, como apunta la Consejera para la Igualdad y Bienestar Social de la Junta de Andalucía, Micaela Navarro.

En este sentido, los países de la orilla norte tienen un papel importante que jugar, pues al menos en teoría tienen una situación más avanzada, más consolidada en lo que a la mujer se refiere; pero la práctica, la realidad, nos dice otra cosa, y por ejemplo en España, donde se acaba de aprobar una avanzada Ley de Igualdad de Género, las mujeres cobran, de media, un 40,6% menos que los hombres, están empleadas a tiempo parcial en el 78% de los casos y sólo representan el 28% del empresariado. Y todo esto conformando el 50,6% de la población y el 53,7% de los universitarios. Está claro, pues, que queda trabajo por hacer, y que son las propias mujeres quienes mejor pueden liderar las iniciativas que lleven a romper las estructuras políticas, económicas y culturales que, aunque resquebrajadas en diferente medida, perviven en las sociedades del Mediterráneo. Las diferentes voces que llegan desde Marruecos y Argelia, desde España y Francia, desde Israel y Palestina, deben converger y buscar el modo de sonar con un tono común, femenino, que acabe con la discriminación y logre una igualdad plena.

La mujer en los cambios políticos.

El primero de los campos de acción femenina tratado en el Encuentro es el de la política, donde la labor femenina se encuentra habitualmente con una serie de estructuras que permiten cierta libertad de movimiento, pero que eventualmente conducen a un “techo de cristal”, a una barrera invisible más allá de la cual la mujer no puede alcanzar.

Factores como la influencia femenina en los cambios legislativos o la paridad en el acceso a los puestos de poder fueron objeto de discusión. Milouda Hazib, presidenta de la Organisation de la Femme Démocrate de Marruecos, dio algunos apuntes sobre estos aspectos en el momento actual de su país.

La realidad social marroquí se encuentra en un punto de transformación de las estructuras atávicas a todos los niveles, y la democratización está llegando a todas las esferas de la sociedad, lo que permite a la mujer vencer resistencias y tomar parte del proceso.

Se ha llegado en Marruecos a un compromiso social en el que diferentes fuerzas sociales, de distinta ideología, han seguido la dirección marcada por la propia institución monárquica, que ha servido de árbitro en el proceso; así, el Código de Familia, la Mudawwana, ha sufrido una serie de reformas que respondían efectivamente a las demandas y la realidad sociales, pese a las reticencias de las clases más conservadoras del país. De este modo, se han conseguido avances como la representatividad de las mujeres en los partidos políticos o la eliminación de la discriminación. El tren de las reformas se consolida, y prueba de ello e indicador de progreso es la presencia de 35 mujeres en el Parlamento desde 2002.

A pesar de todo esto, concluye Milouda Hazib, la mujer no debe descuidar su actitud vigilante para preservar los derechos adquiridos.

Unos derechos que, en opinión de Francisca Sauquillo, presidenta del Movimiento por la Paz, el Desarme y la Libertad, deben imponerse dado que son totalmente legítimos, al igual que el acceso de las mujeres al poder.

A este respecto, la presidenta del MPDL considera la política como algo fundamental, porque desde ella se logran los cambios. La mujer no debe temer al poder, a ser corrompida por él, sino que tiene que obtenerlo y cambiar las estructuras, el monopolio masculino, los dogmas y las barreras estructurales que hacen que los hombres sean insustituibles y las mujeres intercambiables.

En este sentido, en España sólo hay 3 diputadas que lleven legislaturas seguidas. Pero las barreras estructurales no son las únicas que hay que derribar, porque también las hay mentales. Hay que convencer a los hombres de la igualdad; los avances tales como las leyes (contra la violencia de género, de igualdad, etc.) deben corresponderse con avances en la manera de pensar, en las estructuras mentales y sociales.

Y hay que convencer a las mujeres de su situacion, de sus capacidades, de su identidad colectiva, de la diferencia entre lo que se considera que son y lo que realmente pueden llegar a ser.

En nuestro país, los logros políticos se remontan a esfuerzos que comenzaron en los años ’80, con la política de cuotas. Los frutos son hoy un gobierno paritario, pero hay que perseverar y trabajar por que la igualdad sea total y real, con una conciliación entre la vida pública y la vida familiar.

Precisamente sobre las dificultades de esa conciliación elaboró su intervención Leila Benallegue, presidenta de Egalité devant la Loi. Las múltiples barreras a las que la mujer debe enfrentarse en la construcción de su carrera política se dan tanto en su país de origen, Argelia, como en su lugar de exilio, Francia.

La maternidad, la realidad cotidiana de una mujer trabajadora y la violencia del medio político, que se agudiza contra las mujeres, dificultan enormemente la evolución de la mujer en la política. Se pretende que la mujer sea madre, que se ocupe de la esfera privada, familiar, y al tiempo de su carrera, algo que al hombre no se le exige, puesto que se le exime de cargas familiares, como si acaso los niños no tuvieran también necesidad de su padre.

Para crearse una carrera, para abrirse un camino y llegar a los puestos de poder la mujer debe conseguir un difícil equilibrio en su actividad pública para evitar acusaciones machistas: debe ser abierta al tiempo que reservada, amable a la par que discreta, debe convencer sin que parezca que quiere seducir a sus interlocutores...

Las barreras están más insertadas en las estructuras de lo que parece; incluso en un país como Francia, donde el voto femenino está vigente desde 1945, surge el debate social si se plantea la cuestión de una mujer presidenta de la República, puesto que se ve el cargo como la expresión máxima del poder político, y por ello como algo masculino. Esta cuestión de la representación femenina en el poder está al orden del día, y responde a reivindicaciones cada vez más fuertes, aunque aún así se siguen dando incoherencias: Hamas, en Palestina, ha incluido a numerosas mujeres entre sus candidatas, entre quienes son la representación del pueblo, pero estas mujeres no se representan a sí mismas, pues están veladas.

Para Carmen Romero, presidenta del Círculo Mediterráneo, esa representación femenina en el poder no debe centrarse en los altos cargos, en los puestos de renombre o mayor representación, sino que debe extenderse de abajo arriba, por todas las funciones y cargos de responsabilidad, especialmente en aquellos que permiten llevar a cabo políticas sociales, que son las que realmente posibilitan los cambios de las estructuras. Se necesitan políticas femeninas, hechas para mujeres y por mujeres, dado que las que a veces se hacen desde el conservadurismo llevan otras intenciones, como la captación de votos o el mero cumplimiento de la política de cuotas.

Otra necesidad, según Carmen Romero, son las redes de solidaridad entre las mujeres de diferentes países para lograr una articulación política femenina; en el caso de la transición española, la solidaridad de los países escandinavos fue fundamental, por lo que los países del norte deben ahora tender su mano a los del sur.

Sobre esta articulación de la mujer en la política, concretamente en el contexto de la sociedad israelí, elaboró su intervención Hanna Herzog.

El discurso nacional y nacionalista deja fuera de sus márgenes a la mujer, es un discurso que pasa por alto las circunstancias de género que forman parte de la sociedad. En el caso específico de Israel los roles de la mujer son los de madre, conservadora de la familia y educadora de las nuevas generaciones.

En opinión de la investigadora del Instituto Van Leer de Jerusalén se llega a politizar la maternidad, especialmente en el caso de la extrema derecha nacional-religiosa, que exacerba esos roles femeninos citados para equipararlos e identificarlos con la causa política de la ocupación y colonización. En el campo contrario también se dejan oír voces, como pueden ser las de las madres de los soldados, pero en cualquier caso se sigue cayendo en la trampa de la politización de la maternidad. Sólo algunas organizaciones femeninas como Mujeres de Negro llevan a cabo una labor desde un posicionamiento netamente femenino, no maternal.

Para Herzog, la alternativa que le queda a la mujer en política es la búsqueda de un denominador común, la creación de unas vías de diálogo femeninas que permitan a la mujer situarse en diversas esferas de actuación, como por ejemplo la resolución de los conflictos que separan el Mediterráneo.

Queda claro que hay una serie de elementos comunes que afectan a la situación de la mujer frente a los cambios políticos. La violencia, un factor determinante en demasiadas ocasiones en ambas orillas del Mediterráneo, es uno de ellos, por lo que debe ser uno de los primeros aspectos a tener en cuenta si se quiere lograr un avance político transnacional, que no deje atrás a las mujeres del sur.

Las redes de solidaridad a las que se aludía deben trabajar contra las múltiples violencias que sufre la mujer, como la violencia en situaciones de conflicto, donde se convierte en víctima por partida doble, o la violencia legal que la discrimina.

También desde la solidaridad, desde el trabajo en común, se pueden deconstruir estructuras, luchar por una secularización y una educación que liberen a las mujeres, que consigan que la reafirmación de la identidad, en el caso de las emigrantes del sur en Europa, no signifique ni un paso atrás en sus derechos ni en los logros alcanzados.

Todo esto debe hacerse de modo que la mujer se reconcilie con ella misma, que aprecie lo que ha conseguido, y que se reconcilie igualmente con el hombre, integrándolo en sus proyectos para hacerle comprender que los problemas de la mujer son los problemas de toda la sociedad.

Mujer, arte y cultura en el Mediterráneo.

En un espacio como el Mediterráneo, generador de civilizaciones, el papel del arte y la cultura tiene especial importancia, por lo que la implicación de la mujer como artista, como creadora, como generadora y transmisora de cultura en la actividad pública merece ser tenida en cuenta. Pero la cultura no es algo uniforme, monolítico, sino múltiple y variado, especialmente en torno a las orillas del Mare Nostrum, como afirma Olvido Salazar-Alonso, alguien con experiencia en la gestión cultural y que desde su posición de Jefa de Actividades Culturales del Instituto Cervantes ha tenido la oportunidad de trabajar y conocer la riqueza cultural de Marruecos.

Para ella, la cultura debe ser ante todo comunicación, curiosidad y conocimiento mutuo.

Esto se hace más necesario en los países de la cuenca mediterránea porque éstos son tan variados como las personas que en ellos habitan. Lo que sí se da es una serie de elementos políticos, económicos y sociales que les hace poseedores de un denominador común que no es compartido por algunos países del sur, porque otros elementos fundamentales, como la educación, mantienen diferencias demasiado graves. En Marruecos, por ejemplo, la tasa de analfabetismo es de casi el 40%, y afecta mayoritariamente a las mujeres. La realidad social, pues, no se corresponde con la realidad cultural, y estamos hablando de un enorme potencial que no se desarrolla por la falta de educación, especialmente de la población femenina.

Hace falta educación y la aplicación de políticas culturales que den un lugar adecuado a cada expresión cultural, porque no sólo un libro de filosofía es cultura, sino que un cántaro hecho por una mujer marroquí también lo es, y como tal debe ser apreciado. Pero hay que dar la oportunidad, primordialmente a las mujeres, de poder apreciar el libro, para lo que hay que enseñarles a leer. Con educación se logrará el desarrollo del potencia cultural, pero también económico, social y humano de las mujeres.

La labor artística se ha enfrentado tradicionalmente a una serie de prejuicios que en el caso de las artistas femeninas se han visto agravados, ampliados por las arbitrariedades habitualmente aplicadas a las mujeres. De la rotura de algunos de esos prejuicios, como la acusación de frivolidad, habló Cristina del Valle mediante la narración de sus experiencias con la Plataforma de Mujeres Artistas. En algunos casos, los prejuicios también son compartidos por las propias feministas.

La citada asociación se propuso como objetivo luchar contra la violencia ejercida contra las mujeres mediante una de las armas más eficaces para combatirla, la visibilidad. Los métodos de trabajo son distintos a los de cualquier asociación masculina, pues se pretendía hacer algo nuevo, femenino, a través de redes. El trabajo se convierte aquí en algo personal, que se hace día a día, sin infraestructuras concretas más allá de las personales. El ámbito de actuación es todo el mundo, cualquier lugar donde la violencia masculina se evidencie. El Sahara, Iraq, Palestina, México... Y todo desde una perspectiva de la cultura, utilizando el lenguaje universal del arte como medio de expresión.

Esta toma de las riendas por parte de la mujer en el campo del arte, de su utilización en este caso, es algo relativamente nuevo. El mundo de la cultura es eminentemente masculino, y no fue hasta 1968, con la convulsión de los sucesos de París, que las mujeres empezaron a adoptar nuevas posiciones.

Anne Testut, fotógrafa y Directora del Instituto Francés de Sevilla, habla de este nuevo posicionamiento de la mujer. Históricamente, lo femenino ha sido el objeto de la representación, y los hombres los sujetos de la función artística. El siglo XX trae la democratización del arte y la cultura, y las producciones artísticas son mixtas, a pesar de que sigue sin haber igualdad de oportunidades.

En lo que a representación se refiere, el mundo artístico sigue siendo masculino: sólo el 5% de los artistas representados en el Museo Metropolitano de París son mujeres, y todavía no ha aparecido un Picasso femenino en la humanidad. El esfuerzo a nivel de producción es mixto como se ha dicho, y en algunos casos incluso femenino; es el caso de la fotografía, donde hay, por ejemplo en Iraq, más mujeres fotógrafas que hombres.

El arte femenino no tiene por qué ser feminista. Lo importante es que se aporte un elemento subjetivo, una visión crítica. Esa visión, esa subjetividad femenina se enlaza con la identidad de la artista, como nos comenta la periodista Kim Akhtar, cuya condición de mujer mitad libanesa mitad india se añade a su trabajo, a caballo entre Oriente y Occidente.

La periodista considera el arte como parte esencial del tejido de la vida, y nos remite a las sociedades matriarcales de la India como ejemplo de interacción entre lo femenino y lo cultural. Además, en esas sociedades las mujeres se integran cada vez más, desde los años ’50, en todos los ámbitos de la vida pública, desde la política al arte. En el Líbano, sin embargo, al igual que en otras sociedades musulmanas, la esfera privada sigue siendo el medio femenino por excelencia.

El problema de cualquier arte y artista es caer en el error de convertirse en negocio, lo que en el caso femenino equivale a reflejar modelos masculinos que le son ajenos. Lo que también queda claro es que son excepcionales los casos en los que el arte y la cultura se han convertido en puentes, en medio de comunicación entre los pueblos del Mediterráneo. El desconocimiento y la falta de libertad impiden crear los lazos necesarios. El artista debe ser libre, independiente, no sólo con respecto al mundo de los negocios, sino también respecto a la política. Pero la libertad del artista es algo todavía arriesgado en algunos países de nuestro entorno.

Hay que dar libertad a los artistas, puesto que la libertad supone visibilidad. Las mujeres del sur, especialmente las artistas, la necesitan particularmente, por lo que habría que crear espacios no sólo para la economía o la política, sino para la cultura.

El papel de la mujer en la economía.

En una época en la que por fin las mujeres acceden a la dirección de los grandes negocios, se da la paradoja de que la gran mayoría de la población femenina sigue encontrándose en unas condiciones socioeconómicas precarias. También se da el hecho de que las nuevas alternativas como la microeconomía entroncan con roles tradicionales de la mujer en las sociedades del Mediterráneo.

Todo esto en un marco en el que las desigualdades sociales se ven amplificadas por efecto de la globalización. En nuestro contexto mediterráneo, y más concretamente en el Magreb, los reajustes estructurales a los que se ha visto sometida la economía han afectado con especial incidencia a las mujeres, como explica Malika Remaoun, presidenta de la Association Fémenine pour l’Epanouissement de la Personne et l’Exercise de la Citoyenneté.

Los ajustes económicos han provocado un deterioro del poder adquisitivo y un aumento del desempleo, lo que ha inducido a las mujeres al trabajo informal, a formas de economía más precarias, fuera de las grandes estructuras, para poder mantener su nivel de renta.

Pero estos elementos también han promovido nuevas oportunidades, especialmente desde los años ’80, en lo que se refiere a nuevas iniciativas económicas y el aumento de mano de obra femenina dispuesta a buscar nuevas opciones, bien como parte reconocida de las estructuras económicas formales bien mediante alternativas como el autoempleo. Además, las nuevas emigrantes ya no son mujeres sin capacitación que siguen a sus maridos, sino licenciadas que salen de sus países para buscar una oportunidad en Europa, afirma la economista argelina.

Los dispositivos con los que las mujeres pueden integrarse en el mercado laboral son la microempresa y los microcréditos, que responden de una manera muy adecuada a las necesidades de las mujeres, que demuestran unas grandes capacidades.

La actitud política ha cambiado a este respecto, en parte por exigencias del Banco Mundial, y cada vez más las mujeres acceden a estos créditos. Sobre este tema también apuntó la intervención de Souad Zebdi, tesorera de la Association pour la Promotion de l’Enterprise Féminine. Los microcréditos también están en auge en Marruecos, concedidos bien por el Estado bien por la banca privada, y responden a la ventana de oportunidad que se presenta a las nuevas generaciones de mujeres que tienen ante sí el desafío de la globalización, cuyos efectos se dejan notar con especial incidencia en ámbitos rurales, donde la mayoría de la población es femenina. Esta mujer trabaja en actividades ancestrales, quedando por ello fuera de lo que las nuevas exigencias económicas consideran útil. El desafío es pues alcanzar un compromiso social que reintegre esas actividades, para que de este modo pasen de lo informal a lo formal, lo rentable.

Ejemplo de las posibilidades de este compromiso, realizado a través del trabajo en red, son proyectos como los que permiten la venta de artesanía hecha por mujeres en los vuelos de Royal Air Maroc. Y todo esto se puede y se debe hacer, concreta Souad Zebdi, dentro del desarrollo sostenible.

Para Fattouma Benabdenbi, copresidenta de Terre et Humanisme, esta cuestión del desarrollo es fundamental, pues la ecología, la cultura y la tradición no tienen por qué reñirse con la economía.

La socióloga marroquí puso como ejemplo de esto la situación de la región en la que nace el argan, una de las más pobres de Marruecos a pesar de que posee de forma exclusiva ese árbol, dotado de unas extraordinarias cualidades y que produce un aceite preciadísimo por las grandes empresas de cosmética. Ahora se está empezando a funcionar en la región, consiguiéndose que mediante el trabajo en cooperativas y los microcréditos las mujeres exploten la riqueza natural y desarrollen una pequeña economía sostenible.

Se demuestra pues que la economía puede basarse en lo tradicional, lo cultural, y que los conocimientos femeninos pueden ser un capital con el que invertir. Los efectos de la globalización de los que se viene hablando no sólo afectan a las economías femeninas de zonas rurales o relativamente más desfavorecidas, sino que igualmente pueden perjudicar a mujeres independientemente del espacio geográfico en el que vivan, como es el caso del colectivo árabe dentro de Israel, una economía pujante. Michal Schwartz, coordinadora del trabajo de género del Workers Advice Center de Tel Aviv, habló de los cambios sufridos por la economía de su país y de los efectos de estas transformaciones en las mujeres arabo-israelíes.

Este grupo femenino, que normalmente había permanecido en el hogar, en parte a causa del tradicionalismo de su sociedad y en parte debido a una ausencia relativa de necesidad de colaborar en el sostenimiento económico familiar, ve cómo su situación cambia a mediados de los ’90, cuando los efectos de la globalización se dejan sentir especialmente en Israel, donde los gastos sociales se recortan hasta en un 50%.

Los ámbitos en los que la mujer se integra en la economía de forma tradicional en este grupo social, la agricultura, la industria textil y el cuidado doméstico de ancianos, también cierran sus puertas a la mujer árabe. Israel comienza a importar trabajadores extranjeros, más fácilmente explotables y con menos posibilidades de reclamar derechos básicos. Los tailandeses en el campo y las filipinas en el cuidado doméstico, junto con la deslocalización de la industria textil a países como Rumanía, terminan de desplazar a las palestinas. La situación actual requiere una serie de acciones políticas que reviertan los hechos, pues un número cada vez mayor de familias viven bajo el umbral de la pobreza, viéndose las mujeres forzadas a trabajar incluso descuidando a sus hijos, y ante la oposición de los maridos, ofendidos por la necesidad de recurrir a la ayuda de las esposas.

Los planes del gobierno, como el llamado Plan Wisconsin, no logran sus objetivos, pues las ayudas sociales siguen siendo muy escasas, y apenas un 17% de las mujeres árabes tienen trabajo, frente al 55% de las judías. Está claro que la precariedad económica se traduce en falta de dependencia, y por lo tanto de igualdad, para las mujeres. Los microcréditos e iniciativas similares pueden servir para paliar esa situación. Pero también hay que trabajar los aspectos sociales, aparte de los económicos, integrando a los hombres y sin dejar atrás a grupos de riesgo como las inmigrantes, cada vez más presentes.

Mujer, asociacionismo y reivindicación social.

La sociedad civil, el mundo del asociacionismo, se ha convertido en tiempos recientes en un arma útil para afrontar los nuevos desafíos. El trabajo en red, que va más allá de las limitaciones regionales, ha conseguido que las reivindicaciones de unos pocos, o unas pocas, lleguen a convertirse en las de todos.

De este papel importantísimo e influyente de la sociedad civil sabe Lubna Al-Ashqar, periodista palestina del Sawt al-Nissa’, La voz de las Mujeres. Históricamente, el asociacionismo se ha destacado en la sociedad palestina a lo largo de sus largos años de lucha contra la ocupación, demostrando su eficacia. La importancia del trabajo civil radica, especialmente en el contexto palestino, en que en los escenarios de conflicto violento la situación de las mujeres empeora notablemente. La violencia en este entorno se ceba en las mujeres incluso dentro de su propio medio social y familiar, pues los llamados “crímenes de honor”, un ejemplo más de violencia doméstica, se añaden a la violencia cotidiana.

Sawt al-Nissa’ trata estos temas, lo que nunca antes se había hecho, pero lo realmente significativo de es su condición de periódico femenino, hecho por mujeres y que trata asuntos de mujeres, o asuntos públicos tratados desde un punto de vista femenino, rellenando un hueco importante en la sociedad palestina.

También sobre los “crímenes de honor”, en esta ocasión en Jordania, trata la periodista Rana Husseini. La violencia de género es un tema apenas visibilizado en su país, por lo que la prensa debe aportar su esfuerzo para conseguir cambios. Aparte de las lógicas reacciones adversas, la labor de esta especialista en temas de género y derechos humanos, junto con el trabajo de lobby de los colectivos feministas, ha logrado que el gobierno ya reconozca el grave problema que se da también en la sociedad jordana, y que hasta entonces era ignorado. La sociedad civil femenina jordana, gracias al trabajo en común y al apoyo de la prensa, ha alcanzado finalmente una representatividad para las mujeres en la esfera política.

El papel de la prensa debe ser, en lo que se refiere a la mujer, el de dar visibilidad, permitir que se oigan nuevas reivindicaciones. Yasmine Belmahi, como activista y periodista del Citadine, de Marruecos, elabora sobre esta cuestión tal y como se da en su país. Las mujeres marroquíes parecen encontrarse en dos sociedades diferentes, marchar a dos velocidades distintas, por lo que aquellas que ya están emancipadas deben tomar la voz de las que no lo están, para avanzar juntas. A este fin la citada revista entrega cada 8 de marzo un premio, llamado Khmissa, a cinco mujeres cuya labor en los campos de la empresa, los derechos humanos, la cultura, la acción social y el deporte las hace un símbolo de todo aquello a lo que puede aspirar, y lo que puede conseguir, la mujer marroquí. Una mujer que poco a poco va tomando un nuevo lugar en la sociedad. Si hasta antes de los atentados de Casablanca el movimiento asociativo caritativo en Marruecos era principalmente islamista, tras los atentados, asociaciones que actúan en nombre de los valores universales, el bien estar social, la educación, la dignidad, etc, reconquistaron el terreno. De ese modo, hoy día, y en parte gracias a la intervención de la clase política, ya se puede hablar de nuevas asociaciones femeninas, que se ocupan de problemas como el cáncer, la reducción de las tasas de natalidad en las áreas rurales o la atención directa en zonas chabolistas.

El éxito de las asociaciones femeninas se debe en muchas ocasiones al trabajo en red, que consigue importantes avances, que se multiplican notablemente si se hace uso de las nuevas tecnologías, según Montserrat Boix. La periodista también señaló que así se había apuntado en la Conferencia de Beijing. El gran ejemplo práctico de la utilización de estas tecnologías, que además son un medio relativamente accesible y fácil, se vio en el éxito de la convocatoria para la manifestación global del 15 de febrero de 2003 contra la guerra. El trabajo en red ayuda a visibilizar, y más aún a través de Internet, como lo demuestra la labor de http://mediterraneas.org, la web que amplia contactos, fomenta la sociedad civil y procura el avance al mismo ritmo de mujeres de diferentes partes de nuestro entorno facilitando un espacio para el debate de ideas que de otro modo no sería posible. El gran inconveniente es la brecha digital, que como indica la investigadora de tecnologías de la información suele ser también una cuestión de género.

En otras ocasiones las desventajas desde las que parte la mujer no son carencias formativas o a nivel de acceso a tecnologías y medios, sino la ignoranciade la que son objeto sistemático, como es el caso israelí, expuesto por Sarai Aharoni. Desde su actividad en Isha L’Isha, en Haifa, se esfuerza por dar un lugar a la mujer fuera del contexto masculino, nacionalista y militarista, cuyas decisiones se toman siempre bajo el prisma de la economía o la seguridad.

Las mujeres podrían dar una nueva perspectiva a la realidad israelí, y eso es lo que intentan, presionando para conseguir un sitio en los lugares donde se decide el futuro de toda la sociedad. Uno de los frutos que han conseguido mediante sus reivindicaciones es obtener una representatividad en las iniciativas que buscan una solución al conflicto con los palestinos, aunque tuvieran que desistir en lo que a cuotas se refería. Los movimientos feministas en Israel no deben tener miedo a preocuparse por asuntos políticos, sino que deben romper esquemas sociales y alcanzar lo más lejos que les sea posible para lograr la igualdad.

Una labor similar a ésta es la de Bat Shalom, que también trata la política y la situación de los derechos de las mujeres palestinas e israelíes, en un esfuerzo considerable de trabajo colectivo y en red.

El trabajo en paralelo, a pesar de las dificultades de una situación de conflicto permanente, la intifada, el muro de separación y otros elementos en su contra, sirve de puente, de nexo para reunir a mujeres de ambos lados con unos intereses comunes. Como apunta Aida Shibli, miembro de la organización, los enlaces culturales que se consiguen al trabajar de forma conjunta salvan distancias y reconcilian identidades diferentes.

Los movimientos feministas deben implicarse en este tipo de actividad, puesto que el trabajo en red ya es un logro en sí mismo, y puede que sea la única manera de hallar una solución al conflicto entre israelíes y palestinos. Una visión alternativa, femenina y desde la sociedad civil, como la de Bat Shalom, puede conseguir que el asociacionismo dé frutos que sean aprovechados por toda la sociedad.

Esta repercusión externa es uno de los elementos que tienen que convertirse en las prioridades de cualquier red futura que se establezca entre las mujeres del Mediterráneo. Hay una serie de factores que podrían ser denominados como el “mínimo común denominador” de las reivindicaciones y campos de acción del feminismo activo: la lucha para erradicar la violencia contra las mujeres y la pobreza, las desigualdades en el campo de los derechos, el avance y el trabajo en común, la acción política, la visibilidad y la representación. Todos estos puntos son susceptibles de ser aplicados localmente y exportados globalmente, mirando dentro de las propias comunidades para aprender a mirar a las otras, permitiendo que la lucha se amplifique mediante la acción de la solidaridad.

La promoción de la paz uniría a las mujeres, y la unión de las mujeres promovería la paz en el Mediterráneo, un espacio cultural, ancestral, de contacto y que ha estado demasiado tiempo privado de una acción femenina que conduzca a una mejor relación entre sus civilizaciones.

Documento en PDF

3 marzo 2006



 



......... Nedstat Basic - Web site estadísticas gratuito Sitio desarrollado con SPIP