Crónicas de Gaza.

Por Cristina Ruiz - Cortina

 

Llevo un día en Gaza

Mi primer día de trabajo en Gaza. Siempre que vengo aquí siento una enorme alegría, pero ayer, cuando me dijeron que podía pasar se me cortó la alegría pronto cuando ví tres palestinos que podían llevar siglos esperando en la frontera para poder entrar en Gaza. Me miraron con los ojos de quienes saben que hay quien tiene quien les ampare y hay quien está desamparado; que hay quien tiene algunos derechos y hay quienes no tienen ninguno. Me sentí fatal y me acordé de los miles de palestinos que esperan al otro lado, en Rafah, a que una orden arbitraria les permita entrar.

Luego en Gaza, la desesperación de la gente es patente, ya no esperan nada, dicen, solo ir a peor y peor. No sé cómo se puede estar peor si no hay luz en Gaza (apenas unas horas y según las zonas) y hay carestía de casi todo; la gente se manifiesta constantemente porque no tienen trabajo y los que trabajan porque no cobran. Aquí nadie tiene derecho a llenar una pequeña piscina de plástico para los más pequeños de la casa, ni a encender un ventilador, casi ni a salir porque por las noches esto es como la boca del diablo, todo tan oscuro...

Mi primer día en Gaza ha ido bien y comienzo a ponerle caras a las víctimas. La estadística comienza a implicar un poco de desgarro. La mujer que amamantaba su bebé en la puerta de su casa mientras veía a los otros pequeños jugando en el columpio y que murió de golpe con tres de sus hijos por la metralla, era una hermosa mujer de 33 años, hermosa aún con el pañuelo negro rodeándole una cara dulcísima. La pobreza extrema es casi el denominador común de los casos que veo, de la gente con la que me entrevisto. Aparece la Gaza hecha de hojalata, los suelos de arena, arena y más arena; los pasadizos interminables de Jabalya y Beit Hanun, y la cruel y permanente presencia de la muerte gratuita y arbitraria. Todos tienen historias que contar, todos metralla almacenada en las casas de los últimos bombardeos, todos señales en la piel y todos un pasado que fue algo mejor.

Jabalya es una jungla animada donde las rotondas de tráfico están rodeadas no por vallas, sino por las correas de los tanques arrebatados a los israelíes. Es una jungla armada; como casi todos los campos de refugiados. Parecería que bulle si no fuera porque el movimiento de la gente es más simulado que real, porque no hay nada que comprar, ni dinero para hacerlo, ni electricidad para conservarlo. Pero aún en este infierno, cuando te acercas a una casa te ponen un café, te compran un refresco, te preparan un té. Te acogen, debajo de la higuera o de las moreras, en unas sillas desiguales, unos pequeños vasitos, pero es la hospitalidad la que vela por estos encuentros. No tienen nada, pero te lo dan, te dan su tiempo, sus palabras, tienen fe de que aún las palabras no se las lleve el viento, en que sirva para algo. Yo siento vergüenza, un poco. Les prometo que hablaré de ellos, pero qué poca cosa es cuando la miseria y la muerte ronda cada una de las casas y las cunas de los niños.

Soporto ahora el calor mejor que en junio. Gracias a que hay un generador en el hotel, puedo tener luz en la habitación y conectar mi ordenador; pero el aire acondicionado es otra cosa. Hoy venía sofocada después de más de cinco horas en los campos de refugiados del norte, y en el hotel puedes encontrar agua fresca y un poco de brisa marina. Mañana saldré temprano. He comenzado esta tarde las crónicas de la gente de Gaza y las fotos están bien, pero de ahí a ir enviándolas hay un trecho, pues tengo que consultar constantemente otros documentos, contrastar la información, completar algunos datos y todo ello me va a tomar su tiempo. Pero en este sentido estoy muy contenta, creo que puede salir bien.

Mañana más, seguiré por el norte y luego tendré algunas entrevistas en Gaza. Ha quedado con un escritor y también voy a ver mujeres líderes del movimiento de los presos palestinos, a otra que fue un escudo humano en manos israelíes, a una familia a la que el ejército le ocupó la casa... en fin... y también hacer fotos, fotos, fotos....Impresiona en Gaza su similitud con los paisajes desolados de las más pobres ciudades de África, se va alejando del resto de Cisjordania a pesar de todo, va hundiéndose. La gente necesita que se venga, necesitan vernos, necesitan saber que nosotros sabemos de su existencia. Una vez más, las guerras de Oriente Próximo las pierden los palestinos

Llevo dos días en Gaza

La gente dice que aquí no se pueden hacer planes de un día para otro. Y eso también me afecta a mi. Los planes que se hacen unos días, ya no sirven para el siguiente y me parece que cada día va a ser distinto. A las 8 de la mañana estaba en Palestinian Center for Human Right con Jehan preparando la agenda del día. Con esos cafelitos tan ricos que preparan con cardamomo, repasamos el diario y cerramos las entrevistas. Primero en Gaza, sobre un tema de Beit Hanoun. El caso era muy duro, utilizar a niños como escudos humanos, y atacar las casas hasta destruirlas. ¿Hablará? Le pregunté a Jehan. Sí, me dijo, es una mujer fuerte, habla inglés perfectamente, no necesitas traducción y ella trabaja con nosotros a veces. Pero Azza Ezzat no estaba dispuesta a hablar aún. Con 44 años, divorciada, cuatro hijos, había tenido que cambiar de trabajo pues la asociación de mujeres que llevaba en Gaza no recibía fondos suficientes y tuvo que cerrar. Ahora trabaja para Ramattan, una agencia de noticias, en Gaza. Azza me recibió en su despacho en una alta planta desde donde se divisaba casi toda Gaza. Buen lugar para conocer de dónde vienen los golpes. Su casa había sido destruida el 17 de julio después de sufrir la ofensiva más fuerte de Beit Hanoun y ver cómo el ejército de ocupación israelí utilizó a dos de sus hijos como escudos humanos. Azza no sabía donde mirar, le temblaba la voz, "no puedo hablar aún", me dijo. "Fue el peor día de mi vida". Mis hijos vomitaban y se orinaban de miedo que tenían, gritaban y gritaban pero no parecía que a los soldados les preocupara". Salvaron la vida de milagro, ese mismo día el ejército israelí asesinó a 7 personas, hirió a 30, utilizó 14 viviendas como enclaves militares, atacó varios centros escolares de la UNRWA, y fueron derribados los muros de la clínica, del campo de deportes y del cementerio. Lo dejamos, nos veríamos más adelante, hablaríamos del futuro.

Pero la mirada se le perdía "¿qué futuro?" Azza estudió Empresariales, Desarrollo y Derechos Humanos en la Universidad de Birzeit, ahora su hija tiene que estudiar en Jordania, pues ir a Birzeit supondría varios años sin verla.

En mi itinerario por Beit Hanoun pude ver y fotografiar todo eso, las viviendas demolidas y el puente que une Beit Hanoun con Jabalya. Pude ver mucho más, porque el paisaje es un vivo espejo de la destrucción sistemática y gratuita, Beit Hanoun es, todo ello un crimen de guerra.

El 15 de agosto le tocó a Mohammed Hussein Mohammed Ouda, de 64 años.También en Beit Hanoun. Mohammed tenía una familia de 14 personas y una vivienda amplia que compartía con una tienda a la que llamó "Peace Supermarket". Por su aspecto pulcro y sereno, todo vestido de blanco, no me extrañó que me dijera que su vida era ordenada y que buscaba el mismo orden para sus hijos. "Cada mañana mis hijas pequeñas venían a despedirse antes de marchar a la escuela. Me daban un beso y yo les preparaba algún bocadillo y monedas para el día". Mohammed nos puso un te en la calle, a la sombra de una casa. Por delante teníamos los restos de la suya. "Llamaron a mi hijo y le dijeron que desalojáramos la casa que iban a bombardear. Como no estábamos seguros, no la desalojamos de manera inmediata, y de pronto me llaman a mi. ¿Cómo sé quienes sois? - les dije- y ellos me dijeron ahora lo verás, y aparecieron los aviones. Toda la familia y toda la zona se desalojó. Sobre la casa tiraron dos bombas; los pilares de hormigón salieron despedidos y golpearon otras casas vecinas. La casa se desplomó hacia atrás. Cuando nos acercamos para ver qué había pasado y qué podíamos recuperar con la ayuda de los vecinos, el teléfono volvió a sonar. "No entreis, -nos dijeron- vamos a bombardearla de nuevo" Se ve que no fue suficiente destruirle la casa, aún querían que nada de ella pudiera ser recuperado.

El 2 de septiembre Ismail Abu Odeh, alertado por los disparos salió de su casa a ver qué pasaba. Le dispararon en la cabeza. Su hijo salió entonces para prestarle auxilio, pero una unidad del ejército israelí camuflada le disparó también. Las hijas Hanan y Azhar de 16 y 17 años salieron horrorizadas tratando de socorrer a su familia, pero los disparos las disuadieron y cayeron heridas a la puerta de la casa. Hoy iba a visitar a la familia de Abu Odeh, pero en la puerta de la casa nos encontramos con el velatorio de Hanan, la hija de 16 años a la que llevaron al hospital después de que el ejército permitió que se desangrara durante dos horas junto a la puerta de la casa. Hoy no era día para hablar en la familia Abu Odeh.

Huda Ghalia, Hanan Odeh, Salek Ibrahim Maher, todos ellos menores de edad, vivían en el mismo barrio. Desde la casa de uno se ve la del otro. Y entre mi mirada y las de ellos montones de escombros, basuras, miseria. Apenas nacer para vivir en la miseria y ser asesinados en el más cruel anonimato, ante la mirada impasible de la comunidad internacional.

Esta tarde hablaba con Muna. Muna tiene tres hijos pequeños. Me decía que cuando ella era pequeña Palestina no existía en los libros, pues en Gaza las leyes, los libros de texto y el orden los ponían los egipcios. En los libros solo se hablaba del esplendor egipcio y de los faraones. Por otro lado, los ejemplos que se ponían en los libros eran sexistas. "Ahora todo ha cambiado, ahora dicen ’Mamá está escribiendo, Papá prepara la comida’ y hablan, hablan y hablan de Palestina". Ruru (su hija de cinco años) le pregunta dónde está Jerusalén y Ramala, ciudades que tardará muchos años en conocer, si tiene suerte. "Mira, ahora los libros hablan de Palestina pero Palestina cada vez existe menos, cada vez hay menos esperanza; ¿Qué le digo a Ruru cuando me dice que quiere ir a Jerusalén, la capital de Palestina?"

Llevo 3 días en Gaza

Nabil Abu Salmiya murió enterrado bajo los escombros con 8 miembros más de su familia. Por una vez, "El País" se dignó dedicarle al evento casi una página entera. Aparte de los 9 muertos hubo 30 heridos. Nadie sabe aún por qué atacaron esa casa. Mohammed El Saloul, el vecino que les prestó los primeros auxilios, fue el que nos envió la carta que dio lugar a la presentación de la velada de Gibralfaro.

Hoy vino uno de los tres hijos -que quedaron vivos- del Dr. Nabil. Mohammed, con 20 años dejó muy clara su determinación a seguir viviendo: "La separación fue muy dura, pero no me siento en las ruinas de mi casa a llorar. Voy a la Universidad y cuando acabe buscaré un trabajo y me casaré. Entonces reconstruiré mi casa y a la familia Abu Salmiya". Mohammed tiene unos preciosos ojos verdes y aunque un poco menudo, es cualquier cosa menos una persona con aspecto débil. En su entrevista no nombró ni a Israel ni a la Comunidad Internacional ni a nadie, no hubo siquiera un rasgo de rencor o temor en sus palabras. Cuando me despedí de él me sobrecogió su entereza. Dicen aquí, que en Gaza o eres así o no sobrevives.

El día se ha ido con trabajos, entrevistas y visitas. Fotos, muchas fotos que espero que nos ayuden a poner cara al sufrimiento de Gaza. La última visita ha sido cerca del paso de Karni. A lo lejos se veía una torre militar israelí. En la carretera estaban marcados los herrajes de los tanques y aún sobre el asfalto, los trozos de éste despedazado. Un caso similar al anterior, otra familia, la familia Hajjaj Jreunida en su casa, en una zona alta y ventilada, con una huerta de olivos. La madre, las hermanas, los más pequeños.... preparaban una barbacoa y tomaban el té. Un misil lanzado de un avión tuvo la indecencia de caer donde la madre y dos hijos estaban sentados. Un misil inteligente, cuyo chip aún se encuentra entre los restos de metralla que la familia ha recogido como pruebas de un acto criminal y vengativo. Entre los heridos, los niños que tardarán mucho en recuperarse: Rani, de 12 años a quien le están reconstruyendo las piernas y los brazos; Ibrahim de 10 años también con graves heridas en las piernas y Khaled con 13 años que pasará el resto de su vida con metralla en la cabeza. Khaled me dijo que prefería el Real Madrid (lo siento Jose) y que quería ser médico en el futuro.

Al regreso al hotel, vi el sol por primera vez como un signo de concordia. Por el ventanuco que hay sobre la ventana del pasillo de la habitación se colaba un haz luminoso y entrar en la habitación y ver el mar me confortó. Por primera vez hoy me he dado una ducha normal, no desesperada por el calor y me asomé a contemplar a los siempre afanosos pescadores en la playa. Por las noches salen algunos barcos de pesca pero no pueden alejarse: siguen bajo asedio. Hubo un intento de romper el asedio e Israel respondió hundiendo dos barcos y asesinando a un pescador. En Gaza 35.000 personas viven directa o indirectamente de la pesca, la situación para ellos es también insostenible.

El mar aquí ya no es otra cosa sino una nueva barrera: la gente ha pasado casi todo el verano sin bajar a la playa porque los barcos de guerra estaban apostados cerca de la costa; los pescadores no podían salir, y para colmo de males, (en las crónicas de los desastres ecológicos nunca figura Gaza, con sus infernales pudrideros de basuras), debe ser que Gaza no existe para los ecologistas. Tan alarmados por las mareas negras en otros lugares, la rotura del saneamiento de la zona sur por los bombardeos israelíes, a principios de julio, está dando lugar a una permanente marea negra en el sur de la Franja que mañana intentaré fotografiar pues me llevará Anwar por la mañana.

Aquí no me dejan sola ni a sol ni a sombra. Por razones de seguridad, apenas puedo escaparme por las mañanas y llegar andando a la oficina que está como quien dice a la vuelta de la esquina. En realidad hay mucha inquietud en el ambiente y el hecho de que no se haya llegado a un acuerdo de nuevo gobierno está exasperando los ánimos de mucha gente que quiere, necesita, un poco de normalidad en sus vidas. Khalil me decía hoy que las cosas más cotidianas eran muy difíciles de encontrar, por ejemplo, el 1 de septiembre comenzó el curso para los niños y no hubo forma de encontrar zapatos para ellos porque no entra nada por la frontera.

En estos días comenzará el Ramadam. ¡¡vaya experiencia!! Creo que sólo en Ramadam los cristianos se aventuran al atardecer a bañarse en la playa con bañadores normales... ¿o será también una leyenda?

Llevo una semana en Gaza

Acaba de comenzar el moecín "Allah hu akbar, Allah hu akbar". Miro por el balcón del hotel y compruebo que acaba de ocultarse completamente el sol. La gente ahora en Gaza rompe el ayuno con las familias, y en la terraza del hotel no hay nadie. Es Ramadan. En el mar las barcas palestinas acaban de encender las luces, y al fondo un enorme barco militar israelí que lleva plantado allí desde junio (por lo menos) también lo ha hecho. Sincronías entre el ocupante y el ocupado. Una luna finísima, casi un hilo, cuelga del horizonte aún iluminado. Para todos igual.

Cuando iba esta tarde con Anwar al campo de refugiados de Beit Hanoun pensaba por qué a veces me cuesta tanto borrar una imagen de mi cámara a pesar de haberla copiado en el ordenador. Por algún motivo no quise borrar hoy la sonrisa del niño de 13 años que nos encontramos ayer en Rafah, ni el rostro atormentado por las incertidumbres de su madre. Por algún motivo dudé en borrar el dibujo infantil que colgaba aún de la casa bombardeada o la paloma que se posó sobre la ventana que se abría al sol y al muro que separa Gaza del mundo. Rafah se ha convertido ya en un pasillo de seguridad lleno de escombros o de balcones heridos mortalmente por la metralla. Sobrecoge la pertinaz presencia de la gente en las ruinas de las casas, sobrecoge porque lo que les retiene es la voluntad de no volver a ser refugiados, porque no tienen donde ir. Y reconstruyen con urgencia algunos muros y limpian las ruinas y vuelven a colgar plantas de los balcones. Pero estos barrios no son ya los que recorrimos las delegaciones andaluzas que visitamos Gaza hace unos años, esos, ya han desaparecido completamente y en su lugar, las montañas de escombros se cubren de arenas que facilitan el olvido y la impunidad.

Ya hay quien, como Nagam, nace y crece en los lugares más insospechados, como son los vestuarios de un campo de fútbol. Nagam tiene tres años y medio y está acostumbrado a amanecer y ver la pradera verde del campo de fútbol y su lugar de juegos favorito son las gradas que sirven de cubierta a su casa. Su padre ahora es el coordinador del Comité de afectados por la destrucción de viviendas y dice que finalmente han encontrado unos terrenos y que tienen compromisos para construir viviendas. Pero es que ahora ya no entra nada desde la frontera, no hay cemento ni materiales. Gaza está cerrada por decreto (o mejor, por pura arbitrariedad).

Pasamos por la carretera de la costa que une Shati y Jabalya. Y en Beit Hanun, cerca de la frontera, están las ruinas de la casa de Abdelrahman Salem. Debía ser una hermosa casa, con un pequeño patio, tres plantas, enredaderas de olor junto a la puerta de la casa y un amplio -aunque peligroso - horizonte al que mirar. A él también le llamaron por la noche. Los bombardeos, se ve, es mejor que sean nocturnos, aunque haya que perturbar el sueño de los niños, aunque la nocturnidad sea un territorio donde se alimentan los fantasmas y - en esta tierra - las más duras realidades. A él le dieron el tiempo justo para salir y sacar a su familia y cumplir con la orden de avisar a sus vecinos. Abdelrahman, refugiado nacido en Beersheva, ha trabajado 35 años para la UNRWA. Según él, Israel solo quiere aterrorizar a la población y provocar una huida masiva, como en otras guerras.

Según él no se irán, esta vez no se irán. No le quise decir que hay una encuesta que dice que hoy el 45% de los palestinos se quiere marchar, porque ya no aguantan más, porque no hay esperanza para ellos, ni seguridad. Porque todo está cerrado, porque carecen de alimentos, de electricidad, porque las aguas fecales inundan sus barrios, sus parques, sus playas. Y porque tanto delegado internacional que viene por estas tierras, fianlmente no sirve para nada.

No se lo quise decir porque no me hubieran salido las palabras en ese momento y le dejé hablar de su infancia, de sus trabajos, de su vida... vive en una tienda de campaña y está hecho de la madera del 55% que quiere quedarse a defender su tierra.

De vuelta al hotel todo me parecía tan excepcional, tan especial, la luz, los niños, y el puente improvisado entre las dos aceras por donde saltaban los niños para eludir las aguas sucias que corren por las calles hacia el mar, las olas, aquí también negras, los restos de los barcos, la luz, las plantas que crecen o languidecen, los sombríos pasadizos del campo y, de nuevo, los restos de los tanques componiendo los jardines de Jabalya, que no sé por qué me eché a llorar. Y lo peor es que en ese momento hubiera necesitado una buena cerveza fresca o un baño en el mar... ambas cosas tan lejanas y difíciles en Gaza!!!

Cristina Ruiz - Cortina

Asociación Al-Quds Málaga



25 septiembre 2006



 



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