Presencia y representación: las formas complejas de la vida política

Por Françoise Collin

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* Fotografía: François Collin y Silvana Panciera

Intervención realizada por la filósofa Françoise Collin en el encuentro "Ética y política". Miradas de mujeres comprometidas en la ciudandanía celebrado en Gargnano (Italia)del 10-14 mayo de 2006. Fue un encuentro muy especial, en el que mujeres con años de experiencia y lucha intentaron plantear experiencias y encontrar puntos en común.

La lúcida intervención de Françoise Collin sobre mujeres, política, feminismo, paridad... nos ayudó a la reflexión. Mujeres en Red participó en el encuentro.

-  Algunas fotografías del encuentro

-  CONCLUSIONES

Constituir un mundo común que asuma la pluralidad, una pluralidad que no sea la pluralidad de los mismos sino la pluralidad de los diferentes -puesto que igualdad no significa identidad-: tal es el objeto de la democracia cuyas modalidades Hannah Arendt ha redefinido ampliamente frente la catástrofe totalitaria-. Puesto que la democracia no es un hecho, que sería garantizado por una declaración fundadora: es una realidad en movimiento siempre imperfecta que no cesa de deber ser interrogada, contestada y redefinida en nombre mismo de su principio.

Reposa sobre un diálogo permanente en el que cada uno, cada una, debe poder hacer oir su voz: voz que no puede ser reducida al solo ritual de la práctica electoral. La urna en efecto no es una urna funeraria donde irían a morir las voces de los electores: quien da su voz en un voto guarda su voz. La vida ciudadana no se agota en la representación.

La democracia, a pesar de su nombre (el poder del pueblo), está fundada, tanto en la forma de la democracia directa de la Grecia antigua como en la forma de la democracia representativa moderna, en la exclusión de la mitad del pueblo, a saber, de las mujeres. Su acceso a la ciudadanía es en efecto reciente. Data, concretamente, de la segunda mitad del siglo XX. Puesto que incluso la instauración del “sufragio universal” les excluyó sin vergüenza de este “universal”.

Desde el punto de vista del estatuto de la mujer, durante largo tiempo no ha existido gran diferencia entre las sociedades tradicionales y las sociedades modernas. La reivindicación de las occidentales sobre el control de la fecundidad en los años 70 ha sido el detonante de un proceso transformador irreversible pero que no es automático y necesita de parte de cada una y de todas una vigilancia constante para su desarrollo: el progreso no es nunca automático y los avances se vuelven a cuestionar constantemente o son desviados de su mira en provecho de objetivos inicialmente imprevistos. (Como la reivindicación -percibida como escandalosa- de las feministas: “un hijo, si yo quiero, cuando quiera” gracias a la contracepción y al aborto, ha sido recuperada para procedimientos científico-técnicos de forma eugenista que plantean nuevos problemas, necesitando nuevas reflexiones y nuevas iniciativas.)

Tanto la democracia ateniense directa del Siglo V a.c. como la democracia moderna están fundadas, en efecto, sobre la definición del pueblo (démos) que excluye a las mujeres o que sólo las incluye a título indirecto como hijas o como esposas de ciudadanos, y no como ciudadanas por derecho propio. El gran movimiento de emancipación que se desarrolla en el siglo XVIII en nombre de la Razón universal de las Luces, que plantea la autonomía de cada uno, deja también a las mujeres bajo tutela intelectual, social y jurídica. Incluso los niños que traen al mundo no les son acreditados: alimentan la línea paterna, tomando el nombre del padre y dependiendo de su autoridad. Como han subrayado los antropólogos (de Levi-Strauss a Françoise Héritier) el patriarcado ha sido la única estructura que conoce la familia a través de los siglos -(Lo que se denomina algunas veces matriarcado indica solamente que la línea pasa por los hombres de la familia materna). Y el ideal de fraternidad democrática, puramente viril -el fratriarcado- es una reinterpretación de este patriarcado.

Este estado de “minoría” secular tiene efectos determinantes en la educación de las niñas que son alejadas de los niveles de formación: la exclusión del poder es también la exclusión del saber. Así las mujeres son sistemáticamente mantenidas en la ignorancia. Las grandes religiones contribuyen a esta puesta bajo tutela pero paradójicamente la razón y la fe son aliadas en este punto. Y las representaciones traducen también una mirada masculina sobre el mundo. Muestra de ello, entre otras, es tanto la historia de la pintura como las formas dominantes en los medios de comunicación hoy en día.

La aportación de las mujeres a la colectividad, tanto en su papel educativo como económico y social no ha sido nunca reconocida como tal, ni acreditada. Incluso si en periodos turbulentos -guerras, revoluciones, luchas de emancipación- las mujeres se han movilizado, en algunas ocasiones con armas en las manos, cuando regresa la paz son reenviadas a la oscuridad de sus hogares. Es a esta paradoja a la que ha sido enfrentada la generación del último tercio del siglo XX : la igualdad formal que había visto concretarse desde hace poco en el derecho al voto, disimulando de manera continuada una desigualdad reconducida en los hechos.

Es esta paradoja la que ha suscitado al final del siglo XX el gran impulso de insurrección del movimiento feminista, cuyas reivindicaciones se han concretado primeramente en una cuestión determinante para la actuación de las mujeres: la del control de su propia fecundidad y por extensión la reapropiación de su propio cuerpo. Enseguida la exigencia del “a igual trabajo igual salario” en sus diferentes modalidades, y correlativamente, el acceso a todos los niveles de formación y profesión que hasta ese momento se les había prohibido.

La imaginación y la fuerza del cambio se ha desarrollado primero en el tejido mismo de la sociedad civil, a través de una intensa vida asociativa, casi espontánea, antes de reclamar su ratificación legal: la contestación ha llegado de abajo, no de arriba. Es la vitalidad política obstinada de las mujeres la que ha forzado a la institución política a tener progresivamente en cuenta sus exigencias.

Este repaso esquemático de los hechos permite comprender que el reparto efectivo del mundo común y la transformación de los contenidos y las formas del mismo, no sólo depende del derecho al voto conquistado en Bélgica y en Francia tras la segunda guerra mundial. Ni incluso del acceso a las esferas de la representación política en el seno de los partidos, acceso laborioso surgido de la reivindicación del principio paritario o de cuotas. La esfera de la representación política es ciertamente un bastión a conquistar, pero esta conquista solo tendría sentido si las mujeres que acceden no son prisioneras de los usos y los esquemas de una esfera establecida sin ellas, en la que podrían ser instrumentos en vez de ser actores.

Accediendo a una máquina del poder representativo y a estructuras de funcionamiento y de reparto de los partidos, fruto de una ya larga historia de la que ellas estaban excluidas, las mujeres, sea cual sea su voluntad transformadora, son a menudo amputadas de su iniciativa propia.

Algunos y algunas consideran incluso que si las reivindicaciones feministas tenían fundamento hace 30 años, actualmente son ya caducas y que las mujeres comparten todos los derechos reservados con anterioridad a los hombres. Este discurso camufla más que afronta la disimetría constitutiva persistente del mundo común, constantemente renovada bajo formas francas o sutiles en el curso de los años.

Nuestro objetivo aquí, no es, sin embargo, identificar las innumerables anomalías que penalizan todavía a las mujeres en el mundo común, incluso si éstas están formalmente integradas. Su débil presencia en los engranajes representativos, sobre todo en puestos determinantes, es un síntoma de este déficit persistente.

Estas consideraciones, lejos de inclinar al pesimismo, tienen el objetivo sobre todo de permitir evitar una cierta ingenuidad en la reivindicación política: el aparato representativo, el de los partidos y de los gobiernos, es ciertamente decisivo pero no posee el conjunto de las claves del cambio. Este aparato es por una parte prisionero de la forma y del funcionamiento constituido en el curso de los siglos, incluida su división en partidos. Por otra parte es atravesado y relativizado por otros factores diferentes, entre ellos factores económicos nacionales e internacionales de los que depende más que controla.

Por otro lado, si el acceso de las mujeres a todas las formas de responsabilidad de la sociedad y del poder político es un objetivo normal, nada garantiza que este acceso modifique el funcionamiento y los objetivos. La misma política puede ser llevada a cabo “añadiendo mujeres” que sean consciente o inconscientemente los agentes de ejecución de objetivos determinados sin ellas.

Durante los primeros años de su movimiento, las feministas han desarrollado con las instituciones políticas (y también universitarias) estructuradas por un “patriarcado” plurisecular, una relación más utilitaria que animada por una voluntad de entrismo: era necesario en efecto primero asegurar las bases de su pensamiento y de sus reivindicaciones, constituir de alguna manera un “grupo de presión” suficientemente fuerte para no dejarse absorber prematuramente por estas instituciones seculares. Es en un segundo periodo, en el curso de los años 80 e incluso de los 90 cuando sus reivindicaciones han podido traducirse entre otras en exigencias paritarias en el seno de las instituciones representativas.

Estas exigencias han sido objeto de numerosos debates. Resulta en efecto al menos curioso, que un mundo constituido por hombres y mujeres en número más o menos igual, continúe siendo dirigido sólo por los hombres. En Francia, la ambición de una paridad pura -la paridad o nada- se ha traducido en la ley pero no en los hechos. En Bélgica, la elección de una política de “cuotas”, ciertamente coja en su principio ya que las mujeres representan la mitad de la población, se ha impuesto como una medida sin duda impura desde la perspectiva de los principios pero en la práctica eficaz para el comienzo de una realización de los objetivos perseguidos: conseguir que un mundo de mujeres y hombres sea representado por un poder constituido por mujeres y hombres.

¿La entrada de mujeres en las instituciones políticas es por tanto una garantía de la conquista de la igualdad efectiva de las mujeres en los diferentes estratos de la sociedad? ¿El cambio viene de arriba?¿Es suficiente que exista el treinta o cincuenta por ciento de mujeres en las instancias del poder político para que la igualdad se lleve a cabo de manera efectiva en la sociedad civil? Es una verdadera cuestión que merece ser examinada.

Democracia representativa y democracia de la sociedad civil No se puede más que ser favorable a la presencia creciente de mujeres en las instancias de poder y de representación de los partidos políticos en el seno de las instituciones nacionales o internacionales. No obstante hay que ser conscientes de que una mujer en el poder no es necesariamente “feminista” es decir preocupada por la transformación de la condición de las mujeres.

El “feminismo” de un cierto número de ellas se limita a su sola promoción personal. El cambio de sociedad en materia de relaciones de sexos -de género- no es necesariamente el objetivo de mujeres que temerían, por otro lado, que al asumirlo perdieran un poco de su credibilidad. Es necesario pues que estas mujeres sean “feministas” en el sentido de que se preocupen del destino de las mujeres, del conjunto de las mujeres, y trabajen en su transformación. Del mismo modo que ocurre también con otras minorías cuyos representantes cuando han llegado, algunas veces, no tienen otra cosa más urgente que hacer olvidar su procedencia: necesitan ser “hombres como los otros”, blancos como los otros, etc.

Por otro lado, las mujeres que acceden a alguna forma de poder lo hacen en el seno de partidos diferentes cuyas orientaciones están determinadas por otros criterios que los de la justicia sexuada. La sola cualidad de ser mujer no es suficiente para merecer la ratificación de las electoras: todavía hay que examinar el contenido del proyecto y de los objetivos que esta mujer comparte con su partido.

Estas consideraciones tienen la finalidad de subrayar que el objetivo feminista, es decir el objetivo del acceso a un mundo co-determinado y asumido por las mujeres y los hombres por igual, no puede agotarse en el sistema representativo al que se limita demasiado a menudo la vida ciudadana.

La reflexión, los intercambios y debates, la toma de conciencia y la determinación de objetivos, las acciones propias de la sociedad civil y de los movimientos sociales de los cuales el feminismo es parte integrante, son y siguen siendo el germen de la reflexión y la acción, las plataformas de todo cambio. Por ello resulta indispensable mantener los lazos entre las mujeres que acceden al poder representativo y los grupos, individuos, movimientos asociativos de la sociedad civil, teniendo cada uno, cada una, su propia misión, teórica o práctica.

Tanto si se trata de mujeres cómo si se trata de ciudadanos, en general el representante, la representante, no puede prescindir de la presencia, de la reflexión y del apoyo de los miembros de la sociedad civil, intelectuales o activos. La potencia devoradora de la máquina representativa y de los partidos, debe ser a la vez alimentada y confrontada por el recurso permanente a esta última. A falta de ello, la realización de la paridad en las instancias representativas podría ser una victoria puramente formal: las mujeres políticas corren el riesgo de ser simplemente “hombres como los otros” y algunas veces incluso más que los otros ya que constantemente “están a prueba”.

Estas consideraciones no pretenden frenar el impulso paritario. Sino recordar que la vida política no se agota en la representación. Es en principio y sigue siendo una presencia activa en todas partes donde pensemos y actuemos juntos para hacer el mundo en el que vivimos más justo y más viable. La vida política, en buena democracia, comienza y se sostiene por todas partes, incluso cuando “diez en torno a una mesa” discuten juntos (al igual que hacemos en Gargnano) como lo subraya H. Arendt.

Las dos formas de acción

A pesar de las reservas que he planteando antes, a saber, que una mujer elegida no se preocupará necesariamente del cambio de la condición de las mujeres, no es necesariamente “feminista”, es decir, solidaria con las reivindicaciones que nacen en la sociedad civil, al menos puede sentirse empujada a adquirir el compromiso por la presión de ésta, es decir, de las electoras organizadas en el seno de diversas asociaciones formales o informales.

Pese a la adopción de las cuotas, incluso de la paridad, la iniciativa de los individuos y de los grupos para pensar y actuar en términos de futuro resulta indispensable. Ninguna está exenta, ya sea que se consagre a ello de forma prioritaria o ya sea que lo introduzca como parámetro vigilante en su pensamiento y acción.

El sometimiento de las mujeres es un hecho a la vez trans-histórico y trans-cultural: concierne, bajo formas variables y más o menos crueles, a todas las sociedades, todos los periodos de la historia y todas las clases. La categoría « mujer » es la fuente de una condición común a todas las mujeres, en particular en razón de su intrumentalización maternal, doméstica y sexual universal, comportando su inferiorización económica y social. En todas partes las mujeres son menos libres, más pobres y más explotadas (incluido sexualmente: se asiste hoy en día a una ola de aumento de la prostitución) que los hombres de su país y de su condición.

Todo ello a pesar de que su estatuto conoce variaciones importantes tanto de una clase social a otra como de un país y de una región del mundo a otra.

Estas variaciones coyunturales no contradicen sin embargo el hecho estructural de la desigualdad. (De la misma manera que esta última no ha determinado nunca automáticamente la desgracia de aquellos o aquellas que son víctimas de ella: ha existido siempre y existe, incluso en la sumisión, colonizados felices, proletarios felices, esclavos felices, mujeres felices).

La confrontación internacional de las situaciones y condiciones arrastra sin embargo generalmente a la política hacia arriba o por lo menos hacia algo mejor. Favorece, por ejemplo, la educación de las niñas y su iniciativa profesional antes que la generalización de la excisión o del matrimonio forzado. Favorece la autonomía económica de las mujeres más que su dependencia conyugal.

Las naciones y Europa

Las instituciones europeas, más jóvenes que las instituciones nacionales, desde el principio del movimiento feminista, han sido más un apoyo que un freno a la política de emancipación; las legislaciones de los países más avanzados han servido de referencia y arrastrado a las legislaciones más conservadoras. La confrontación de las experiencias nacionales impide el estancamiento.

La paridad puede ser sin embargo un cebo si es puramente formal: la paridad cuantitativa, la del número, no es el garante de la paridad en la división del poder, es decir, de la ocupación por uno y otro sexo de posiciones determinantes y de puestos clave. Se sabe que el avance cuantitativo no es automáticamente cualitativo y no coincide necesariamente con la división efectiva del poder.

Es más, esta paridad cuantitativa será inoperante si las que se benefician de ella no son conscientes de la situación general de las mujeres y no lo tienen en cuenta en su práctica, es decir, no son, en cualquier sentido en el que se entiende esta palabra, “feministas”.

Para ello es indispensable que no exista ruptura sino interacción con los movimientos e iniciativas de la sociedad civil y de los grupos asociativos en contacto con el terreno, y/o susceptibles de un cierto distanciamiento para el análisis y la reflexión.

La experiencia nos enseña que no existe un punto clave a partir del cual todo el andamiaje de la desigualdad se hundiría de golpe sino que es necesaria una vigilancia permanente en todas las coyunturas: hay en efecto “numerosos comienzos” (Arendt) en el movimiento de cambio social y político. Ninguno puede ser descuidado.

La democracia es quizás la conciencia que cada uno y cada una toma de que ningún acto, ninguna palabra resulta indiferente. Tal es el sentido de la ciudadanía a la cual somos llamados/as en una interacción sostenida -incluyendo una conflictividad positiva- entre los miembros de la sociedad civil y los miembros de los partidos, sea tanto a nivel nacional o internacional y en este caso europeo...



17 junio 2006



 



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