Normalizar el islam como realidad europea

Por: Isaías Barreñada

 

“Islam frente a Occidente”, “Islam y democracia”, “Mundo musulmán ante Europa”... todos estos son títulos frecuentes en debates, tertulias y prensa. En todos ellos subyacen las ideas de diferencia, de confrontación, de oposición. Un punto de partida que creo debemos cuestionar porque es un prejuicio que falsea todo acercamiento a una realidad con la que convivimos en Europa desde hace décadas, aunque a muchos les cueste reconocerlo.

Hay millones de ciudadanos europeos musulmanes, desde España a Finlandia, de Irlanda a Grecia. El Islam forma parte de la realidad europea. Es la religión de una parte importante de la población europea (13 millones en la UE, 23 millones si se incluye Europa Oriental). Es producto de nuestra historia: hay un islam autóctono (Balcanes), hay una población musulmana descendiente de los colonizados, hay conversos, pero sobretodo, desde hace cuatro décadas, está el islam de la inmigración. Todo ello ha ido modificándose con el paso del tiempo; el musulmán europeo nieto de inmigrantes turcos o magrebíes vive un islam diferente del de sus abuelos. El islam es una religión europea, como africana y asiática, y como el cristianismo lo es de Oriente Medio o de otras regiones. Pero además es un hecho heterogéneo, dadas las muy variadas formas de vivir la “identidad musulmana”, y complejo, pues cambiante.

Por ello es necesario, incluso imperativo, asumir esta realidad con normalidad. Pero nos confrontamos con un profundo y extendido desconocimiento, que se torna muchas veces, al ser manipulado, en ignorancia inducida y en fuente de conflictos graves. Frecuentemente el islam se nos presenta como la alteridad de Europa y se le presenta como problema. ¿A qué se debe?

En primer lugar hay una construcción ideológica culturalista y esencialista, cuyos más insignes representantes son Bernard Lewis y Samuel Huntington, que presenta el islam como una construcción cerrada, invariable y absoluta, que lo explica todo. El dogma determina los comportamientos. Por ello el mundo musulmán aparece como opuesto a Occidente, y se hace inevitable el conflicto a escala global. A pesar de ser criticada, esta concepción es dominante y hegemónica. Insiste y perpetúa un acercamiento al islam como marcador identitario de la diferencia. Y en estas posiciones se ve frecuentemente apoyada por fundamentalistas de la civilización occidental, de derecha o de izquierda.

En segundo lugar es que la globalización del islam político ha tocado también a Europa. El islamismo radical trasnacional ha obligado a concebir respuestas en materia de seguridad, pero en muchos casos ha alimentado una cultura del miedo y de la sospecha generalizada: el musulmán se ha convertido en ciudadano sospechoso per se, sujeto a un control especial. Obviamente esto ha alimentado la discriminación y el racismo.

Luego, el discurso culturalista ha servido como medio de encubrimiento. El islam “problemático” es tratado para explicar o justificar los problemas sociales, la marginación económica, la exclusión, las limitaciones de ciudadanía. Al igual que los esencialistas hacen del islam un problema a escala global, muchos políticos hacen del islam un problema local; el musulmán, por ser musulmán, pone en peligro la paz social. Incluso la gestión de esta confesión por parte de los sistemas políticos laicos es diferente.

Esta combinación de factores posibilita un uso político de la ignorancia y del miedo. En vez de afrontar la diversidad y la complejidad, se cultiva con frecuencia una emotividad primaria que impide el diálogo, el conocimiento y el debate racional. En un sentido y en otro, con grados de responsabilidad desiguales, la prensa juega un papel clave. Resultado de todo ello es la creciente permeabilidad de la opinión pública a la islamofobia; hoy se permite con el islam, lo que no se hace con otras identidades.

Esto no es un fenómeno aislado y desconectado. En los países de mayoría musulmana, hay también una percepción del problema. Las poblaciones tienen un sentimiento de haber sido heridas en su identidad. Viven como una injusticia, un maltrato, y una dominación, no sólo los discursos que vienen de Occidente respecto a ellos, sino también las intervenciones de esos países y de la comunidad internacional. Tienen una conciencia clara que la imagen de enemigo que se les atribuye desempeña un papel clave en la guerra global y en las nuevas formas de dominación y de hegemonía. Esta frustración es aprovechada por los grupos radicales yihadistas, cuando no por algunos gobiernos en apuros. Al mismo tiempo, en esos países hay importantes movimientos de secularización, creando nuevas formas de vivencia de lo musulmán que conviven con formas tradicionales y con otras modernas, globalizadas y desconectadas de las culturas locales.

Por ello es necesario tener en cuenta la realidad del islam europeo. Un islam cada vez más autónomo de sus orígenes históricos, de tradiciones nacionales y culturales; imbricado en un medio fuertemente secularizado y en un marco político laico. Plural y diverso, en el que conviven formas laicas, liberales, conservadoras, fundamentalistas o salafistas. Es un islam que busca crear instituciones representativas propias, que hagan de interlocutor con los gobiernos; en el que aparecen nuevos cuadros y líderes, unos formados en el exterior y otros que son verdadera expresión de la realidad europea. De una forma u otra reivindican el reconocimiento de una identidad musulmana europea, pues se da en Europa y por europeos.

Los ciudadanos europeos de confesión musulmana son un ejemplo evidente de la tantas veces cuestionada compatibilidad entre islam, laicismo y secularización. Si se asegura su plena ciudadanía, muchos podrían contribuir a la modernización y democratización de sus países de origen. Si no, se posibilita que actores exteriores (Estados, organizaciones), viendo sólo “Islam en Europa” y negando su europeidad, se presenten como defensores de estos correligionarios marginados y discriminados, pretendiendo su control y haciendo de ellos rehenes para causas concretas.

El caso de las viñetas del profeta Mahoma en la prensa europea y las reacciones en varios países musulmanes es un ejemplo ilustrativo de esta problemática. Simplificación, provocación desde posiciones irrespetuosas con el otro, instrumentalización trasnacional por parte de radicales y gobiernos, encubrimiento con un debate sesgado sobre la libertad de expresión... todo ello alimentando las percepciones esencialistas y reforzando el discurso del choque de civilizaciones y los estereotipos xenófobos y racistas. Si una lección podemos sacar de este grave episodio es que el pluralismo de creencias y el multiculturalismo de facto deben conllevar un pacto tácito de moderación en la expresión de las creencias, incluida la no creencia, y eso sin limitar la libertad de expresión.

El reto es por lo tanto en primer lugar europeo y político, pues toca a la construcción de ciudadanía. No es una cuestión de incompatibilidad de creencias, valores o leyes, sino de percepciones y de voluntad política. Hay necesidad de un debate continuado, en Europa, sobre el lugar de lo religioso en la vida pública, pues la secularización generalizada y las nuevas formas de religiosaidad plantean retos novedosos. Pero sobre todo urge un ejercicio de conocimiento mutuo, de comprensión, de aceptación y de acomodación de lo distinto y a lo distinto. Hay que revisar cómo se educa en la diversidad, hay que recuperar la memoria, y asumir la diversidad en continuo cambio.

Pero este reto debe contar también con una base política que favorezca la justicia y el derecho a escala global, porque es difícil imaginar el diálogo con el ruido de fondo de las ocupaciones militares en Iraq y Palestina, con el apoyo occidental a las dictaduras de tantos países árabes y musulmanes, y con los dobles raseros.

Isaías Barreñada

(Instituto Complutense de Estudios Internacionales)

Tribuna complutense, 21 de febrero 2006

http://www.ucm.es/info/ucmp/cont/descargas/prensa/tribuna568.pdf



25 febrero 2006



 



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