Acerca del informe de la ONU sobre reforma y desarrollo en el mundo árabe

¿Primavera árabe?

Fred Halliday*

 

La cuestión de las reformas políticas en el mundo árabe ha cobrado nueva importancia a lo largo de los últimos meses por dos razones muy distintas: en EE.UU. y Europa a causa del recién estrenado entusiasmo de la Administración Bush por el cambio en Oriente Medio; en el propio mundo árabe, por una serie de novedades y acontecimientos diversos, desde la celebración de elecciones en Iraq y Palestina hasta las movilizaciones contra la presencia siria en Líbano o a las iniciativas de regímenes como los de Egipto y Arabia Saudí tendentes a modificar su sistema constitucional. Nadie sabe a ciencia cierta adónde conducirá esta primavera árabe, ni siquiera si la situación es merecedora de tal denominación. Pero en cualquier caso se advierte la ausencia de un análisis realista de los motivos por los que los países árabes padecen un déficit en democracia y del tipo de relaciones que cada país mantiene con el resto en contextos más amplios: histórico, regional e internacional.

El lugar apropiado para iniciar este debate no es, indudablemente, Washington: la retórica de la Administración sobre el cambio en Oriente Medio carece de entidad conceptual o ética. Al fin y al cabo, son las mismas personas que accedieron al poder en el año 2000 diciendo que no se proponían enviar tropas a otros países con la "misión de promover la democracia".Tampoco los elementos neoconservadores -ni sus homólogos progresistas como por ejemplo el sobrevalorado Thomas Friedman- demuestran conocer en absoluto la historia o el contexto político de Oriente Medio. Según parece, la región ha quedado al margen de las tendencias globales y se ha opuesto a las reformas, pero cualquiera que posea el más mínimo conocimiento de la región sabe, sin embargo, que en los últimos años ha experimentado episodios de reforma, revolución y cambio político. De hecho, se han registrado movimientos reformistas en Oriente Medio a lo largo de muchos decenios, desde las revoluciones árabes socialistas y populistas de Argelia, Egipto, Iraq y Yemen hasta la revolución constitucional persa de 1906 o la reforma turca (otomana) de mediados del siglo XIX.

La actual palabrería occidental sobre las reformas en Oriente Medio implica, asimismo, factores básicos de sociología política. El tipo de Estado existente hoy día en Oriente Medio obedece no sólo a determinados procesos culturales o endógenos, sino a la formación misma de los estados como tales en un marco internacional caracterizado por intervenciones militares, inquietud y agitación ideológica, guerra fría y extracción petrolífera desde la caída otomana en 1918. Los estados de Oriente Medio -incluido Israel-, como el caso actual de Ossama Bin Laden, son un producto de la reciente historia internacional y, sobre todo, de la guerra fría. No se trata de achacar la única responsabilidad a Occidente, sino de reconocer cómo estos países han llegado a ser lo que son actualmente, quiénes les apoyaron y configuraron y por qué.

La segunda dimensión de sociología política que no se tiene en cuenta es la historia de la propia democratización occidental: no fue una realidad merced únicamente a elecciones o rápidos cambios, sino que fue menester que transcurrieran decenios y aun guerras civiles y con frecuencia conflictos de todo tipo.

Por otra parte, cabe también dar comienzo a este debate desde otro punto de partida muy distinto, más exigente y formado, el que aporta la tarea de un grupo de intelectuales árabes que reflexiona sobre estas cuestiones en el marco de la ONU: el tercero de sus Informes sobre desarrollo humano en el mundo árabe, publicado recientemente, se difundió en suelo europeo en la sede del Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales y Estratégicos de Madrid el pasado 25 de mayo. Como relató la responsable del equipo árabe, Rima Jalaf Hunadi, una ex ministra jordana, el mundo árabe -considerado en el marco de las tendencias globales desde los años ochenta- acusa un lamentable fracaso: 32 millones de personas padecen malnutrición; pese a los ingresos procedentes del petróleo, la renta per cápita ha crecido más lentamente que en cualquier otro lugar; la región tiene 65 millones de analfabetos (dos tercios de los cuales son mujeres); los conflictos regionales, sobre todo los de Iraq y Palestina, alimentan extremismos, y los estados árabes siguen negando las libertades políticas.

Los moderados razonamientos del informe proporcionan un punto de partida mucho mejor para valorar el mundo árabe contemporáneo que los tópicos de Washington. Su enfoque conjuga una conciencia de los antecedentes culturales y políticos de la democracia con una insistencia en comparar esta región con otras; de ahí la expresiva y elocuente presentación de los indicadores relativos a la escasa formación, nivel de renta, práctica política y otros factores. En cualquier caso, ambos aspectos del informe -el regional y el comparativo- dan pie a proseguir y ampliar el debate. La mención de pensadores islámicos y árabes nacionalistas, así como las reinterpretaciones progresistas de la sharia o ley canónica del Islam, puede dar la sensación de ir demasiado lejos a la hora de dar crédito a lo que se ha convertido en otra moda política de la época, el diálogo de las culturas: a tal diálogo, si realmente atiende a los objetivos de la enseñanza y la formación, la comprensión mutua y la paz, debe dársele la bienvenida; sin embargo, y tratándose sobre todo de un documento publicado por la ONU, corre el riesgo de apartarse de lo que ha constituido -desde hace cuarenta años- la base y fundamento de cualquier debate planteado sobre estas cuestiones, esto es, la universalidad: la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 y posteriores convenciones y acuerdos sobre derechos políticos, sociales, económicos y de la mujer se basaron en términos universales y con relación a la historia y origen de la autoridad en sentido universal.

Al propio tiempo, el análisis de Oriente Medio en términos de indicadores generales puede difuminar en parte ciertos factores específicos de la región. Se han dado muchas explicaciones del escaso número de libros extranjeros registrados como traducidos al árabe: se ha dicho por ejemplo que este factor constituye un índice del grado de introversión y aislamiento cultural de la región. Sin embargo, y como he podido comprobar por experiencia personal, el problema no reside en una oposición a la traducción en sí, sino al pago de derechos. Se traducen al árabe muchos más libros que los oficialmente registrados. Recuerdo que en una ocasión comenté esta cuestión con un conocido editor y librero egipcio en la sede del canal de televisión, Al Jazeera, un héroe popular en su país, Matbouli. "¡El copyright es imperialismo!", me espetó alegremente mientras yo le preguntaba por los derechos de traducción de mi libro a cargo de su editorial.

Igualmente cabe tal vez reconsiderar la cuestión con relación al tipo de datos publicados en el informe a propósito de las actitudes ante los políticos: este concepto -un índice de confianza o desconfianza en el Gobierno- puede ser el término adecuado y correcto en Latinoamérica, Europa o África, pero en Oriente Medio aúna dos clases distintas de personas; por una parte, ministros y parlamentarios (que a duras penas superan la categoría de instrumentos pasivos del Estado) y por otra quienes se hallan realmente en posesión de los resortes del poder, así como los miembros correspondientes de las familias gobernantes, ya se trate de miembros de familias reales (saudí, kuwaití, qatarí, marroquí, etcétera) o presidenciales (egipcia, libia, tunecina, yemení, siria, etcétera). Son las familias de los gobernantes, no los políticos, las que detentan el poder y se quedan con su porcentaje de las arcas del Estado: alrededor de un tercio de los ingresos del Estado, un concepto del gasto que las embajadas norteamericanas suelen calificar cortésmente de extra-presupuestario. Tal factor, no la corrupción de los políticos como tal, es la principal dolencia y causa fundamental de malestar que aqueja a los países de Oriente Medio.

Pero aún cabe hablar de otro giro con relación a esta historia de reforma y parálisis política árabe. El mencionado informe puede representar efectivamente un factor corrector del excesivamente vulgarizado discurso occidental sobre la cuestión, mostrando que ciertos elementos de la cultura, la religión y la reciente historia de la región propician en realidad un cambio democrático; ahora bien, para los ciudadanos que residen en el seno de estas sociedades, el informe posee otro valor y significación: esto es, el de corroborar de forma clara y documentada lo que instintivamente ya conocen. La narrativa contemporánea del mundo árabe abunda en ejemplos de cuanto refiere el informe a propósito de la corrupción, pérdida de oportunidades y fracaso personal y tal vez ninguna obra lo explicita tan claramente como la gran trilogía sobre la moderna Península Arábiga Ciudades de sal, cuyo autor es Abdul Rahman Munif, escritor saudí que ha residido buena parte de su vida como exiliado en Damasco. En muchos países árabes, la crítica social al gobierno se expresa a través de las vías de la música y poesía populares.

Tal vez la gama más rica y variada de actitudes árabes hacia sus gobernantes estriba en su sentido del humor, rasgo que permea (por más que se le haya prestado insuficiente atención) el Oriente Medio contemporáneo, cuyos poderosos -jefes de Estado o clero- se ven expuestos a devastadores ataques y chanzas. En un país árabe se relata la historia del presidente que, después de aburrir a su audiencia con su largo discurso hasta dejarla extenuada, ordenó a sus consejeros que le escribieran discursos más breves... En su siguiente intervención habló durante dos horas para, acto seguido, reprender airadamente a sus colaboradores: "¡Os dije que me prepararais discursos más cortos!", les espetó. "¡Sí, señor presidente -contestaron-, pero no hacía falta que leyera los cinco ejemplares que le entregamos del discurso!".

Si la ONU puede cuantificar un día el sentido del humor en la política -publicando una especie de índice del regocijo y la carcajada mundial-, esta clasificación, al menos según mi experiencia al respecto, estaría ocupada en los primeros puestos por los países del mundo árabe.

Fuente: La Vanguardia.

* F. HALLIDAY, profesor de relaciones internacionales de la London School of Economics, profesor visitante del Cidob (Barcelona). Es autor de varios libros sobre el mundo árabe entre los que se destacan: Global Change, Regional Response; Revolution and Foreign Policy: The Case of South Yemen, 1967-1987; Islam and Democracy: Educating Against the Grain y Islam, Globalization and Postmodernity. Este artículo se basa en la intervención del autor en la reunión de expertos que presentó el Informe sobre desarrollo humano en el mundo árabe en Madrid. Traducción: José María Puig de la Bellacasa



7 julio 2005



 



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